11 noviembre, 2025
(Juan Manuel Cambrón Soria/11 de noviembre 2025) La cápsula del tiempo inaugurada por el gobierno del estado —esa curiosa mezcla de solemnidad y ocurrencia— resulta que fue vandalizada hace unos días. Un hecho menor, dirán algunos, pero como hizo enojar a los inquilinos de los aposentos del Palacio de Gobierno; y como casi todo en este sexenio, hasta los episodios aparentemente más triviales terminan por revelar mucho más de lo que se pretende ocultar. La realidad es que a nadie le importa ahora, ni seguramente le importará en el futuro la mentada capsula, que es más una oda a la banalidad.
Primero, llama la atención la celeridad cuasi milagrosa con la que el C5i identificó a los presuntos responsables. Qué eficacia tan puntual: apenas un par de pintas y de inmediato las cámaras no fallaron, algoritmos con precisión de MOSSAD y Shazzam, responsables encontrados. Si esa misma velocidad la aplicaran para resolver homicidios, feminicidios, robos violentos, otra sería la historia, esa si sería una nueva historia. Pero no: la justicia exprés solo funciona cuando el agravio toca al poder o a su escenografía.
Segundo, más allá de si el acto fue aislado o no, el tono de los mensajes en las pintas llama la atención, es síntoma de algo más profundo. Hay un cansancio acumulado, un hartazgo que crece silencioso. Cuando los gobiernos se encierran en su propia burbuja triunfal, los ciudadanos encuentran otras formas, más toscas, más desesperadas, las paredes terminan siendo la única tribuna que nadie les puede quitar.
Y tercero, la opacidad. Porque incluso en esta anécdota aparentemente banal, reaparece la constante de la administración estatal: la falta de información, los costos que no se transparentan, las obras que se anuncian sin sustento, sin licitaciones visibles, sin explicar a quién sirven realmente. La cápsula del tiempo, pensada para el futuro, terminó siendo el espejo del presente: un símbolo del vacío y la desconfianza.
Quizá dentro de cincuenta años, cuando alguien abra esa cápsula, encuentre no los objetos que guardaron, sino el eco de una época en que el gobierno prefirió blindar sus monumentos antes que escuchar a su gente, y lo más seguro es que se preguntarán ¿Quién tuvo la brillante idea de gastar dinero y perder el tiempo en estas nimiedades? Y tal vez ya ni el recuerdo quede, porque ya no habrá nadie a quién reclamarle.