17 noviembre, 2025
(Juan Manuel Cambrón/18 de noviembre 2025) La marcha del pasado sábado 15 de noviembre no fue perfecta, ni homogénea, ni angelical, ni tampoco propiedad de un solo sector; fue, eso sí, un recordatorio de que la sociedad civil sigue ahí, resistiéndose a la anestesia que quisieran imponer desde las narrativas de Palacio Nacional.
Lo que caminó por Reforma hacia el zócalo fue un mosaico ciudadano heterogéneo: jóvenes, pero también familias completas, adultos mayores, trabajadores, estudiantes, profesionistas, comerciantes, madres buscadoras, víctimas de la delincuencia y hasta pequeños empresarios. Tal como lo relata Alberto Capella en su crónica de El Universal, fue una concentración “enorme, plural, pacífica y profundamente ciudadana”. Una mezcla que deja claro que el descontento y la necesidad de expresión pública no son de uso exclusivo o propiedad de un grupo específico, y que hay gente cansada de que nos quieran explicar nuestra realidad desde el púlpito de la mañanera.
Y ese mosaico, tan incómodo para el poder, generó exactamente lo que se esperaba: la reacción defensiva del gobierno federal. La presidenta Sheinbaum respondió como si estuviéramos viendo un déjà vu de los peores hábitos políticos del priismo más recalcitrante y del panismo de viejo cuño: minimizar, descalificar, infantilizar. Que si “cuentas recién creadas”, que si “influencers manipulando”, que si “operación digital”, que si “actores externos” que si “la derecha perversa operando”. El catálogo completo de la esquizofrenia paranoica y conspiracionista de los regímenes autoritarios, ojo no importa si son de izquierda o de derecha, su modus operandi es el mismo.
La facilidad con la que se refugian en la idea de una mano invisible va de lo conmovedor a lo ridículo, porque al poder siempre le ha costado admitir que hay gente que sale por convicción propia. O acaso no recuerdan lo que decía Calderón y el panismo en 2006: exactamente lo mismo, descalificaba y minimizaba las protestas, es parte del manual. Porque es más conveniente culpar a otros, a los adversarios, a Estados Unidos, a la derecha o a un algoritmo, que reconocer que hay un país cansado de la violencia, la precariedad, la impunidad y el desgaste institucional; y que, para mucha gente, las cosas simplemente no están funcionando.
El gobierno insiste en el libreto clásico: reducir la protesta a berrinche opositor, negar su legitimidad y etiquetar cualquier reclamo ciudadano como parte de una guerra que pretende atacarlos. Lo paradójico para nuestro caso es que todo lo que hoy descalifican lo justificaban cuando marchaban -marchábamos- contra gobiernos anteriores. Lo que antes era legítima protesta, ahora es sospechosa movilización. Quienes hoy gobiernan se formaron marchando, tomando plazas, carreteras y escuelas; quienes hoy se sienten atacados fueron los que construyeron gran parte de su legitimidad en la calle. Y ahora que les toca escuchar, de pronto la piel se volvió delgadísima.
La marcha del 15 de noviembre no va a transformar de raíz el rumbo del país, pero sí dejó un mensaje político contundente: hay una ciudadanía que no está dispuesta a aceptar sin cuestionar, que no cree en la infalibilidad presidencial y que perdió la devoción religiosa por la narrativa de la “transformación”. Y eso, para un gobierno acostumbrado a monólogos, duele. Ahora, pienso que el reto de esos ciudadanos inconformes es expresarse en las urnas, acudir a votar y castigar al partido en el gobierno, generar las condiciones que permitan equilibrar la balanza nuevamente y recuperar los contrapesos perdidos.
La presidenta Sheinbaum podrá seguir construyendo su explicación cómoda de que todo es manipulación, bots y la derecha perversa. Está en su derecho. Pero la otra realidad, la que se siente en las calles, es más sencilla y honesta: la gente salió porque quiso. Porque puede todavía. Porque recuerda que la democracia también se ejerce caminando, pero se saborea más votando. Y esa es una verdad incómoda para cualquier gobierno que se enamora demasiado de su propio relato.