sábado 7 marzo 2026
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VENEZUELA COMO PRETEXTO


12 enero, 2026

(Juan Manuel Cambrón/12 enero 2026) Hay una parte de la izquierda mexicana —hoy orgánicamente alineada con Morena— que frente a Venezuela decidió apagar el pensamiento crítico y encender el piloto automático ideológico. No defienden derechos, no defienden democracia, no defienden pueblos: defienden una narrativa. Y en esa narrativa, cualquier cosa —absolutamente cualquier cosa— es justificable si sirve para golpear a Estados Unidos.

Bajo esa lógica, el régimen de Nicolás Maduro deja de ser una dictadura para convertirse en “resistencia”; la persecución política se maquilla como “defensa de la soberanía”; la miseria, el exilio y la represión pasan a ser daños colaterales de una épica mal contada. No importa cuántos presos políticos existan ni cuántas elecciones sean una simulación: mientras el antagonista sea Washington, el relato se salva solo.

En ese terreno se mueven personajes como El Fisgón y Epigmenio Ibarra, hoy piezas funcionales del ecosistema morenista: uno, formando cuadros; el otro, incendiando redes. Desde la comodidad del discurso ideológico lanzan llamados panfletarios a “defender la patria”, apelan a un nacionalismo inflamado y construyen consignas que poco tienen de análisis y mucho de propaganda. No buscan entender Venezuela; buscan usarla. Usarla para normalizar aquí lo que allá ya es tragedia: el sometimiento del Legislativo, el asedio al Poder Judicial, la captura de los organismos autónomos y los programas sociales convertidos en estructura clientelar. Venezuela no es advertencia para Morena; es su propio espejo.

Por eso resulta particularmente cínico que muchos de estos voceros hoy se envuelvan en el lenguaje del derecho internacional, exijan respeto a la legalidad y denuncien violaciones a la soberanía, cuando guardaron silencio frente al fraude electoral de Maduro, frente a la anulación sistemática de la competencia política y frente al vaciamiento deliberado de las instituciones venezolanas. El derecho internacional no es una consigna selectiva ni una herramienta retórica: o se defiende siempre, o mejor no se defiende y solo se utiliza como coartada.

El problema no es criticar a Estados Unidos. Hacerlo es legítimo, necesario y muchas veces obligado. El problema es usar esa crítica como blindaje moral para justificar una dictadura. Eso ocurre cuando se relativiza el autoritarismo, cuando se minimiza la represión y cuando se romantiza el poder concentrado bajo el viejo pretexto del antiimperialismo. Eso no es izquierda democrática: es autoritarismo con retórica progresista.

Pero la antípoda también existe, y no es menos peligrosa. Del otro lado aparecen quienes celebran la intervención norteamericana, quienes aplauden cualquier acto de injerencia externa y, en el colmo del extravío, quienes sugieren que Estados Unidos “debería hacer lo mismo en México”. Esa postura no es ingenua: es temeraria, irresponsable y profundamente peligrosa.

Pensar que la intervención extranjera es una solución es no entender la historia ni las consecuencias. Ninguna intervención militar ha construido democracias sólidas; lo que sí ha dejado son países fragmentados, soberanías mutiladas y conflictos interminables. Aplaudir la intromisión externa es renunciar, sin pudor, a la autodeterminación.

Entre el fanatismo pro-Maduro que hoy cobija Morena y el entreguismo pro-intervención de algunos sectores de la derecha mexicana, hay un punto que parece extraviado: la defensa de principios. La democracia no admite excepciones ideológicas. O se condena el autoritarismo siempre, o se termina justificándolo cuando conviene. Y cuando la ideología sustituye a los principios, la tragedia ajena se vuelve propaganda y la democracia deja de ser convicción para convertirse en simple pretexto.

Con esta columna nos reincorporamos a este espacio semanal, deseando a nuestros amables lectores un año exitoso, con salud y paz familiar, enhorabuena.