20 enero, 2026
(Juan Manuel Cambrón/21 de enero 2026) Hay una idea cómoda que solemos repetir para tranquilizarnos: que la democracia solo muere cuando hay tanques en las calles, golpes de Estado o elecciones canceladas. Es una imagen casi cinematográfica, muy a lo Hollywood, ruidosa, fácil de identificar. El problema es que casi nunca ocurre así.
La democracia, en realidad, rara vez colapsa de un solo golpe. Se va adelgazando, debilitando poco a poco. Pierde músculo, reflejos, densidad, marcos de referencia. Sigue en pie, pero cada vez sirve menos para contener al poder y el ciudadano deja de percibir los retrocesos, porque se vuelven imperceptibles, lejanos; el proceso es gradual y se normaliza.
No desaparecen las elecciones, pero dejan de ser competitivas, desaparecen partidos para concentrarse en un solo que siempre gana. No se clausuran los Congresos, pero se vuelven obedientes ante los presidentes. No se prohíbe la crítica, pero se estigmatiza o se les llama estúpidos a quienes preguntan. Todo permanece en apariencia, pero funciona distinto en el fondo.
Se justifica que el poder concentre decisiones “por eficiencia”. Se normaliza que los contrapesos estorben. Se hace común que quien cuestiona sea etiquetado como adversario, traidor o enemigo del pueblo. Se tolera que la ley sea flexible para los amigos y rígida para los incómodos. Cada paso, visto de manera aislada, parece menor, incluso justificable. El problema radica en que lo que se acumula es demoledor.
En ese adelgazamiento democrático hay una estrategia discursiva central: el uso del “pueblo” como escudo político. El populismo ha perfeccionado esta coartada: escudarse en una supuesta conexión con el pueblo para ocultar la falta de resultados, usa el concepto “pueblo” como fachada a sus fechorías, se justifica, se perdona, se castiga, se agrede, se polariza, siempre en el nombre del “pueblo bueno y sabio”. Nunca habla de ciudadanos, porque el ciudadano tiene rostro, derechos, obligaciones y capacidad de exigir cuentas. Habla del “pueblo”, una categoría amorfa, emocional, abstracta, que no pide evidencia ni políticas públicas eficaces, solo identificación simbólica.
Para el populista, el “pueblo” es una noción funcional: no reclama hospitales que operen mejor, escuelas que enseñen más o calles más seguras; reclama pertenencia y relato, porque si todos somos “pueblo” con eso basta. En esa lógica, el poder no se mide por lo que se resuelve, sino por la narrativa de estar “del lado correcto de la historia”. El problema es que mientras el “pueblo” es invocado todos los días, los ciudadanos reales —con servicios colapsados, trámites ineficientes y derechos vulnerados— quedan fuera del discurso. El “pueblo bueno” no está obligado a nada; el ciudadano sí, y precisamente por eso resulta incómodo.
Cuando un Congreso renuncia a ejercer control para no incomodar al Ejecutivo, cuando los órganos autónomos son presentados como lujos innecesarios, o bien, cuando la crítica se reduce a “opinión malintencionada”, se adelgaza la democracia.
El discurso suele ser seductor: “tenemos legitimidad”, “el pueblo nos respalda”, “ganamos en las urnas”; lo cual puede ser cierto pero insuficiente, porque la democracia no es solo el origen del poder, sino los límites que es capaz de imponer a quienes lo ejercen. Cuando el poder deja de aceptar límites, la democracia empieza a perder peso. Y lo hace sin ruido, sin ruptura visible, sin alarma. Un día despertamos y todo sigue ahí —elecciones, instituciones, leyes— pero sin funcionar.
Ahí está una de las trampas más eficaces del autoritarismo contemporáneo: no llega negando la democracia, llega invocándola. No dice “voy a concentrar poder”, dice “voy a gobernar sin obstáculos”. No dice “voy a debilitar instituciones”, dice “voy a acabar con privilegios”. No dice “voy a silenciar”, dice “voy a desenmascarar”.
Y muchos aplauden.
El aplauso, sin embargo, no sustituye a los contrapesos. La popularidad no reemplaza a la ley. La mayoría no convierte en correcto todo lo que decide.
Por eso conviene desconfiar de los gobiernos que se incomodan con la crítica, de las mayorías que se asumen infalibles, de los proyectos que creen que la legitimidad electoral es un cheque en blanco. No hay que esperar el colapso para reaccionar porque tal vez mañana ya sea tarde. Y cuando ya no hay corrección posible, entonces sí, el final llega. No de golpe. Pero llega.