4 marzo, 2026
(Juan Manuel Cambrón/4 de marzo 2026) Cada año en el marco del 8 de marzo, aparecen dos reacciones previsibles: por un lado, quienes reducen la fecha a flores y felicitaciones; y por otro, quienes se incomodan con la protesta y preguntan por qué marchan, por qué gritan, por qué pintan. En ambos casos, el error es el mismo: no entender que el 8M no es una celebración; es una conmemoración y, sobre todo, una denuncia.
El Día Internacional de la Mujer nació de una lucha obrera y de décadas de resistencia contra la desigualdad, la violencia y la exclusión. Es un recordatorio de que, incluso en pleno siglo XXI, millones de mujeres siguen viviendo en condiciones de riesgo, discriminación o invisibilidad. México es un ejemplo dolorosamente claro de esa realidad.
Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cada día son asesinadas en promedio entre 9 y 10 mujeres en el país. A ello se suma un fenómeno que lastima profundamente y debiera ser motivo de indignación generalizada: la desaparición de mujeres y niñas. No es casualidad que las madres buscadoras —muchas de ellas mujeres que han tenido que convertirse en investigadoras, peritas y activistas— se hayan convertido en uno de los rostros más dolorosos de nuestro tiempo.
Las mujeres marchan, no por une guerra de sexos o por odio a los hombres, lo hacen porque las instituciones del Estado no están a tiempo, porque las han olvidado, porque las revictimizan. El 8M incomoda porque recuerda que hay una deuda pendiente.
En México se han aprobado marcos legales importantes como la Ley Olimpia, la Ley Monse, la Ley Sabina, Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, entre otras; sin embargo, existe una brecha profunda entre la norma y la realidad; las denuncias se archivan en las fiscalías, los refugios para mujeres violentadas son escasos y las políticas públicas para garantizarles una vida en paz son insuficientes y a veces inexistentes. En otras palabras, la ley avanza más rápido que la justicia.
También hay que decir que, como sociedad, persiste un pendiente cultural que no debe ignorarse, y es que la violencia contra las mujeres no surge en el vacío; se alimenta de un conjunto de patrones sociales que reproducen y toleran el machismo cotidiano, la normalización del abuso y la indiferencia frente al dolor ajeno.
Y en medio de ello está Tlaxcala, con un elemento que no puede soslayarse, y es que hace casi cinco años llegó al gobierno del estado una mujer. Para muchas, ese hecho despertó una expectativa legítima; la llegada de una gobernadora significaba una oportunidad única para una agenda más sensible. Sin embargo, la percepción de numerosos colectivos ha sido distinta. Lejos de abrir espacios de diálogo y construir políticas públicas sólidas para enfrentar la violencia de género, muchas activistas han denunciado indiferencia, distancia e incluso criminalización de la protesta. Cada 8 de marzo se ha vuelto casi una escena conocida: mujeres marchando para exigir justicia y un gobierno que responde con vallas, operativos policiales y hasta tanquetas de agua para dispersar la protesta. Es un contraste doloroso y la gran deuda de Lorena.
Por eso el 8M no es un día cómodo. No lo es para el gobierno, porque recuerda sus pendientes. Pero tampoco lo es para la sociedad, porque nos obliga a mirarnos en el espejo. Y es precisamente en esta dicotomía donde la protesta del 8M se vuelve necesaria, se justifica, se explica. Las marchas, las consignas, las voces, los llantos, las pancartas, los pañuelos morados, el dolor que inunda las calles cada marzo no son un capricho y mucho menos una moda, son la mismísima expresión de una exigencia legítima, de un grito estentóreo que sale del alma: vivir sin miedo.
Si el Estado quiere que algún día el 8 de marzo deje de ser un grito de protesta, tendrá que hacer mucho más que solo discursos en el calendario; tendrá que garantizar justicia, seguridad y oportunidades reales para las mujeres.
Mientras haya mujeres que no regresan a casa; madres que buscan a sus hijas; adolescentes con miedo en la calle, en el camión, en el antro; o niñas que crecen con miedo, mientras eso persista, el 8 de marzo seguirá siendo lo que es hoy: un recordatorio incómodo de que la igualdad sigue siendo una deuda pendiente de las instituciones, del estado, de Lorena.