viernes 5 junio 2026
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LO QUE PASA EN MEDIO ORIENTE ¿IMPACTA EN MÉXICO?


23 marzo, 2026

(Juan Manuel Cambrón/23 de marzo 2026) En política internacional, las guerras nunca son lejanas, aunque se estén librando a miles de kilómetros; sus ondas expansivas terminan por sacudir economías, gobiernos y sociedades que, en apariencia, nada tienen que ver con el conflicto. La escalada entre Estados Unidos e Israel sobre Irán es un recordatorio brutal de ello, no se trata tan solo de un choque militar, lo que estamos viendo es un reacomodo geopolítico con implicaciones globales.

El padre de la geopolítica Hans Morgentau diría que lo que presenciamos es un conflicto asimétrico; porque por un lado está la mayor potencia militar del mundo; por el otro, una potencia regional con capacidad de desestabilización estratégica en Medio Oriente. Irán no necesita derrotar a Estados Unidos en el campo de batalla; le basta con alterar el equilibrio en puntos críticos como el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial. Eso lo ha entendido Irán a la perfección y con ello juega, no pretende ganar una guerra territorial, lo que los Ayatolas buscan es impactar los flujos e imponer la guerra ahí; al alterar los circuitos de energía, comercio o rutas marítimas, el mundo entero paga la factura. El precio del petróleo se dispara, los mercados financieros reaccionan con volatilidad, y las cadenas de suministro se tensan. Sucede así porque en una lógica de interdependencia global, nadie, ningún país está aislado.

Por ello, México no está al margen, aunque a veces el gobierno actúe como si lo estuviera.  Primero enfrentamos un impacto energético; en la medida en que el conflicto se prolongue oriente medio, esto presiona al alza los precios del petróleo. En el corto plazo, esto puede parecer una buena noticia para las finanzas públicas mexicanas, que siguen dependiendo de los ingresos petroleros; pero es una ganancia engañosa. El encarecimiento de los combustibles golpea la inflación, presiona el tipo de cambio y termina afectando el bolsillo de las familias. Es el clásico efecto boomerang de la geopolítica energética.

El segundo impacto está en la relación con Estados Unidos. México está inserto en una lógica de integración profunda con nuestro vecino del norte, no solo comercial sino también en materia de seguridad. En un escenario de conflicto, Washington redefine prioridades, endurece su política exterior y exige alineamientos más claros; es decir, la doctrina de seguridad estadounidense no suele admitir ambigüedades en su zona de influencia.  Aquí aparece un dilema para México: ¿puede mantener una política exterior basada en la no intervención y, al mismo tiempo, sostener una relación estratégica con Estados Unidos en un contexto de guerra? La tradición diplomática mexicana choca con la real politik de la interdependencia.

Y hay un tercer impacto, los efectos indirectos en seguridad. Los conflictos internacionales suelen reconfigurar mercados ilícitos. El tráfico de armas y de personas, el financiamiento de redes criminales y la diversificación de rutas para las drogas pueden intensificarse; es así que en un país como México, donde la seguridad ya es un desafío estructural, estos efectos colaterales no son menores.

Pero hay un punto adicional y pienso que poco abordado. Las guerras también funcionan como distractores estratégicos. Mientras Estados Unidos concentra recursos, inteligencia y atención política en Medio Oriente, otros frentes pasan a segundo plano. Y en ese reacomodo de prioridades, la lucha contra el narcotráfico en México inevitablemente pierde centralidad.  Dicho de otro modo, mientras Washington enfoca sus baterías en Teherán, los narco-políticos en México pueden respirar con mayor tranquilidad, porque la presión internacional disminuye, los reflectores se apagan y los márgenes de maniobra se amplían. No es que el problema desaparezca, es que deja de ser prioridad para los norteamericanos.  Eso significa que seguramente hay varios nombres de la política mexicana que están durmiendo por ahora tranquilos, esperanzados en que los Ayatolas no cedan y Trump se endurezca.

Finalmente, desde la óptica de las relaciones internacionales, estamos muy probablemente frente a una reconfiguración del orden mundial post segunda guerra. La escalada entre Estados Unidos e Irán no es un hecho aislado; es parte de un mundo que se mueve hacia una mayor fragmentación, donde las reglas son más difusas y los equilibrios más inestables, pareciera que los grandes acuerdos entre naciones se desvanecen y que los organismos internacionales como la ONU dejan de ser preponderantes. Es el paso de un orden relativamente predecible a uno marcado por la incertidumbre estratégica. En ese escenario, México y nuestro gobierno enfrenta una disyuntiva silenciosa, seguir apostando a la inercia de su política exterior, escudarse en la doctrina Estrada como única ancla; o asumir, con realismo, que la geopolítica también nos pega; y no se trata de que debamos intervenir en conflictos lejanos, sino de entender que sus consecuencias ya están aquí.