viernes 5 junio 2026
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LA PARADOJA DEL AZTECA: LLENO Y VACÍO A LA VEZ


30 marzo, 2026

(Juan Manuel Cambrón Soria/30 de marzo 2026) El fin de semana el Estadio Azteca volvió a latir, imposible llamarlo diferente. Pletórico, imponente, majestuoso, colosal, a la altura de su historia.

No era un partido más, enfrente estaba Portugal, potencia del fútbol mundial, vigente campeona de la UEFA Nations League, aunque sin Cristiano Ronaldo en la cancha, pero con una generación plagada de talento. Del otro lado, la Selección de México, la verde, con sus virtudes, sus límites, sus malos dirigentes y una mochila con historias innegables de alegrías.

Hay que decir que el equipo se plantó bien, compitió por momentos y hasta incomodó por lapsos a los lusitanos. El 0-0 no es un mal resultado; en otro contexto, incluso podría leerse como un empate valioso, no fue contra cualquiera. Pero hay ese sabor amargo, esa sensación de que algo no cuadró, la cancha se desconectó de la tribuna. El respetable lanzó abucheos a los nuestros; coreo “olés” … pero para Portugal; y lanzó el “ehhhh p….to” sobre el portero propio. Como si no aprendiéramos nunca, volvió a escucharse ese grito que avergüenza, ese que la FIFA ha sancionado una y otra vez, el grito que dejó de sentirse como folclor o picardía, para ser un mal chiste o una mala broma.

Y la pregunta que me asalta se aleja del balón y sale de la cancha ¿Qué diantres nos está pasando?  No se trata del resultado en un partido de futbol; es un asunto de actitud, es un síntoma social que refleja esa manía del aficionado de estar, pero no estar con lo propio; una especie de incomodidad persistente con lo que somos.

Me resulta profundamente revelador que un estadio lleno no logre sostener a su propia selección; que el orgullo se vuelva condicional y que el reconocimiento siempre esté regateado.  Nos cuesta reconocer a los nuestros; nos cuesta asumir que hay trayectorias que deberían convocar algo más que el escepticismo automático.  Ahí están los ejemplos: a Guillermo Ochoa se le cuestiona incluso cuando salva en un mundial; a Hugo Sánchez se le discute pese a sus “Pichichis”; a Javier Hernández le borramos su palmarés por un penal. Todo se reduce con una facilidad que bordea el desprecio.

Pero pienso que hay algo más profundo; se trata de una actitud, una pulsión muy mexicana que nos caracteriza, la dificultad para celebrar al otro. La sospecha constante frente al éxito ajeno. La idea casi cultural de que, si a alguien le va bien, algo hizo mal.  Es un hedor a envidia colectiva y nacional a la vez, no como caricatura simplista, sino como una forma de relación social; es decir, no toleramos que al otro le vaya bien. Incomoda, genera ruido, preferimos el tropiezo compartido que el éxito individual. Nos sentimos más cómodos en la queja que en el reconocimiento. Más cerca del “te lo dije” que del aplauso.

Y en ese embrollo que nos significa el deporte nacional de malograr el éxito ajeno, aparece un extraño fenómeno; el de exigir resultados de primer mundo, pero negamos el respaldo básico que esos resultados requieren.

Entonces el fútbol, termina siendo espejo de México, de nosotros mismos.  Nos muestra lo hondo de la fractura en la que vivimos, la distancia entre lo que somos y lo que creemos merecer; entre la expectativa y la realidad; entre el orgullo que proclamamos y el desprecio que practicamos.

Quizá por eso el Azteca estaba lleno, pero en el fondo, se sentía vacío.  Vacío de identidad. Vacío de pertenencia. Vacío de esa complicidad básica entre equipo y afición que convierte un estadio en algo más que concreto y butacas.  Podremos seguir llenando estadios, salones, plazas, pero seguirán sintiéndose vacías, porque nos empeñamos en perder lo esencial.