lunes 24 agosto 2026
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EL AFFAIR DE CASA DE GOBIERNO


24 agosto, 2026

(Juan Manuel Cambrón Soria/24 de agosto 2026) Hace más de medio siglo, Daniel Cosío Villegas intentó explicar una de las grandes peculiaridades del sistema político mexicano, destacando que nuestro país tenía Constitución, elecciones, división de poderes y partidos políticos, pero debajo de esa arquitectura formal funcionaba un sistema muy distinto.  En El sistema mexicano tradicional, Cosío identificó dos piezas centrales: una presidencia dotada de facultades extraordinarias y un partido oficial abrumadoramente predominante. No se trataba únicamente de que el PRI ganara elecciones; se trataba, en esencia, de una relación en que las fronteras entre partido y gobierno no existían, tan esa así, que era común utilizar la expresión el PRI-gobierno.

Por otro lado, Héctor Aguilar Camín en diversas publicaciones ha recuperado esa discusión para advertir sobre las semejanzas entre aquel viejo sistema y el que Morena está construyendo; y si bien es cierto que la historia nunca se repite con exactitud, a veces adquiere parecidos demasiado evidentes para ignorarlos.

Y traigo esto a colación porque Tlaxcala acaba de regalarnos una pequeña postal de ese viejo país, que pensamos se había superado.

El affair de Casa de Gobierno, con el escándalo provocado por la presencia de propaganda de uno de los aspirantes de Morena, puso nuevamente en el centro una vieja discusión: la relación entre quienes ejercen el poder y el partido al que pertenecen. Una discusión que trasciende las implicaciones jurídicas —que sin duda existen y corresponderá a las autoridades determinar— para colocarnos frente a un problema de naturaleza estrictamente política y, quizá, mucho más profundo.

Lo es porque coloca a Morena frente a una de sus mayores contradicciones. Desde su origen, y antes desde las distintas expresiones de la izquierda mexicana que en su momento confluyeron en el PRD, una de las principales banderas fue precisamente combatir la utilización del gobierno y sus recursos como extensión del partido en el poder. Durante décadas, desde la izquierda denunciamos la simbiosis entre el PRI y el gobierno, la apropiación partidista de las instituciones públicas y la enorme ventaja electoral que significaba disponer del aparato gubernamental para mantener y reproducir el poder.

La separación entre partido y gobierno no fue, por tanto, una concesión del viejo régimen, fue una conquista de la transición democrática mexicana. Una batalla en la que participaron partidos de oposición, organizaciones sociales, académicos y ciudadanos que entendieron que no podía existir una competencia auténticamente democrática mientras uno de los contendientes jugara, al mismo tiempo, con la camiseta del partido y con todos los recursos del Estado.

Por eso lo ocurrido en Casa de Gobierno resulta políticamente más grave de lo que sugieren unas fotografías de paquetes de propaganda; es decir, no se trata solo de qué había dentro de esas cajas, sino lo que su presencia representa en términos simbólicos: regresamos a los tiempos en que se elimina la frontera entre gobierno y partido, donde quienes ejercen el poder comienzan a asumir que las instalaciones, el personal o los recursos gubernamentales pueden confundirse con los de su organización política, luego entonces no es un simple exceso administrativo, es la reinstalación de una práctica que creíamos desterrada, como lo es utilizar las ventajas del poder público para conservar el propio poder.

Es sorprendente la velocidad con la que algunas de aquellas prácticas que tanto se condenaron desde la izquierda, ahora para algunos de sus personajes comienzan a parecerles normales, tolerables y permitidas. Con qué cara, con qué argumento, sobre qué razonamiento basarán alguna justificación política mediamente aceptable; porque a los ojos de la gente cambian los colores, cambian los rostros, cambian las consignas, pero las prácticas negativas se ahondan.

Durante décadas México luchó por separar al gobierno del partido. La alternancia no consistió solamente en cambiar las siglas instaladas en Los Pinos o en Palacio de Gobierno de Tlaxcala; significó construir instituciones, autoridades electorales, límites al poder y reglas para impedir que los recursos de todos terminaran financiando las ambiciones de unos cuantos.

Cosío Villegas estudió un sistema en el que partido y gobierno terminaron formando parte de un mismo engranaje político y México tardó décadas en desmontarlo.  Sería una enorme paradoja histórica que quienes llegaron al poder prometiendo acabar con aquel régimen, son los responsables ahora de reconstruirlo pieza por pieza.